Cómo no convertirse en un director de arte que replica y repite

¿Esto es arte?

En 1917 llegó a la Sociedad de Artistas Independientes de Nueva York una escultura. Se trataba de un orinal firmado por un tal R. Mutt. Se titulaba “Fuente” e incluía los 6 dólares que exigía el museo como único requisito para ser admitido bajo la premisa de que “todos van a ser expuestos”. La obra, sin embargo, fue rechazada y la retiraron muy pronto.

Uno de los jurados responsables de la curaduría fue Marcel Duchamp, quien en uno de sus ataques dadaístas decidió hacerle una broma a sus pares y compró el urinario, lo firmó y lo mandó anónimamente. Debió reírse bastante, pero al final la broma se le fue de las manos

Mientras estuvo expuesta, la obra fue fotografiada por el galerista Alfred Stieglitz quien apoyó el trabajo sin saber de quién se trataba, pero, a partir de ahí y sin darse cuenta, comenzó la conversación sobre el significado del orinal. 

Al demostrar que cualquier objeto mundano puede considerarse una obra de arte si se le saca de su contexto natural y se le impregna de un concepto, la Fuente de Duchamp ha recibido multitud de interpretaciones sobre su significado, pasando por ser un reflejo de la guerra en Europa, hasta órganos sexuales femeninos. Duchamp creó el arte conceptual y el vanguardismo, y la historia de ese orinal ha sido tan grande que en el 2004 la Fuente fue votada como la obra de arte más influyente del siglo XX.

Ahora bien, fuera de chistes y bananos que cuestan miles de dólares, el punto central del por qué es tan importante en la historia del arte es la manera como abofeteó el sentido estético del momento, se alejó de lo efectivo y descaradamente se atrevió a plantear el arte desde otro lugar, desde una idea: grotesca, incendiaria y anarquista, si se quiere, pero distinta.

Estos pensamientos urológicos me surgen a partir de lo que ha estado sucediendo últimamente con la dirección de arte. En una búsqueda rápida en Behance y Pinterest comencé a identificar un patrón muy singular en diseños tan distantes como los hechos en Indonesia comparados con los que se realizan aquí: son casi iguales.

Las tramas, los colores, la diagramación y un largo etcétera de elementos de composición que se parecen por más que las marcas sean distintas, una identificación de miles de piezas que responden a lo “cool” y efectivo, y muy pocas que responden realmente a una idea.

¿Eso es la dirección de arte? ¿Repetir y replicar lo que otros ya han identificado como útil al ojo del público? ¿Adaptar lo que un dashboard sugiere en desempeño de pauta y usarlo en la marca? La pregunta es genuina, teniendo en cuenta que yo me dedico a la escritura, pero voy a usar una analogía que tal vez dé cuenta de mi inquietud.

Imaginemos que quiero construir una casa. Y de nuevo hagamos un gran ejercicio de imaginación asumiendo que tengo el terreno y los medios económicos suficientes para hacerla desde cero y llamar a un profesional en arquitectura para que la diseñe. Me siento con esta persona y le muestro una mansión muy linda que saqué de Internet y le digo que quiero eso para la mía.

¿Cuál es la responsabilidad de esta persona? Realizar una maqueta de la mansión que ya le mostré porque sabe que es lo que me gusta, repetir esa efectividad, o proponerme a partir de su propio bagaje y conocimientos previos, que aunque puede que yo rechace, es siempre una posibilidad, al menos dará cuenta de que su trabajo artístico es mezclar de aquello viejo que ya se ha hecho, explorar las posibilidades y crear algo nuevo.

Ese tema de la originalidad siempre abre heridas viejas. La pregunta sobre lo que es nuevo, me trae inevitablemente, lo que yo llamo el método Tarantino.

Quentin Tarantino aprendió a hacer cine viendo películas en el videoclub en el que trabajó. Para cuando comenzó a realizar sus primeros experimentos con la cámara, ya era un cinéfilo consumado con amplio conocimiento del cine. Uno de los signos de la filmografía de Tarantino ha sido, pues, usar su conocimiento enciclopédico sobre cientos de metrajes clásicos y modernos, y usar pedazos de distintos filmes para armar sus propios Frankenstein.

En Kill Bill, por ejemplo, se sabe que Tarantino usa recursos del spaghetti western de Sergio Leone en Elle Driver, la trilogía del Dólar, The Bride Wore Black de François Truffaut, Shaft in Africa y Foxy Brown.

Además de eso, esta película es en sí un homenaje a las películas de Kung Fu, pero también es un torrente de referencias y homenajes a directores asiáticos distinguidos. Así uno puede reconocer elementos del mítico Akira Kurosawa, y también del cine de artes marciales como Jidaigeki o Wuxia. Estilísticamente, ambos volúmenes de Kill Bill tienen influencia de dos clásicos del director japonés Seijun Suzuki: Tokyo Drifter y Branded to Kill. 

Y ante todo, la gran película que todos han relacionado es el thriller de venganza de Toshiya Fujita: Lady Snowblood, cuyo personaje inspiró a O-Ren Ishii y de donde prácticamente copió la escena de la pelea en la nieve.

Puedo seguir enumerando las más de 80 referencias que el mismo Tarantino admitió usar para la película, pero prefiero detenerme aquí para hacer la pregunta dorada: ¿alguien alguna vez ha acusado a Tarantino de plagio? La respuesta es no. Y es así porque, a pesar de usar y reusar elementos y recursos de otros autores, su propuesta es única en el discurso que propone.

Ser un artista es aprender a salir de la comodidad de la copia por la copia. Es devolverle el respeto a la creación de un concepto fuerte que sustente aquello de lo que se echa mano para impregnarse de un verdadero sentido de unicidad. Hoy en día, con nuestra excesiva conectividad, no se puede pecar por ignorancia, pues las herramientas de aprendizaje están al alcance de todo aquel que quiera aprender diseño, fotografía, arte, cine, política, filosofía y en una palabra, cultura general.

Para el/la aspirante a la dirección de arte es lo mismo. Antes que diseñar o tirarse a un programa a rayar, su trabajo es el de proponer un estilo visual que le dé vida a la idea que lo sustenta, y aprender a pensar que, sin embargo, se nos ha vuelto lo más difícil de todo.

 

Gracias a Amadis Bejarano y Edwin Pineda por sus aportes a este artículo.

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